Como suele ocurrir con todo en la vida, el hecho de
tejer es para mí una fuente inagotable de enseñanzas. Y no me refiero sólo a las técnicas, a los
procedimientos concretos, etc. sino a ciertos pensamientos que van surgiendo,
también, del propio voltear de las agujas y los hilos en esa mágica danza
creativa, guiados por unas manos y una mente en el acto de tejer.
Uno de estos pensamientos es
sobre la DISCIPLINA. En algún momento ya
he dicho cuán reacia soy a este concepto…
Y sin embargo, resulta casi, casi ineludible, quieras o no.
Cualquier objeto (y persona,
y situación…) tiene una estructura específica, está formado por determinados elementos
dispuestos de una manera que le es propia y distintiva. Pueden cambiar ciertos aspectos, ciertos
componentes, pero los que llamamos elementos esenciales permanecen.
Un COJÍN nunca será un BOLSO,
por ejemplo, aunque ambos sean objetos fruto de una acción de tejer.
Y aunque las formas, colores, etc. sean los mismos o cambien su aspecto externo,
siempre podremos reconocer (en principio) si se trata de un BOLSO o de un COJÍN.
Obvio.
¿Y ese pensamiento…? Sencillo: cualquier objeto no se puede
construir de cualquier manera. Tantos
puntos, tantas pasadas corresponden a tantos centímetros de superficie. Depende asimismo del grosor del
hilo y del diámetro (o número) de las agujas o ganchillo. Depende de la
combinación de un tipo de punto con otros varios. Depende de realizar correctamente los puntos… etc. Y
una vez elegida la estructura, hay que atenerse a ella DISCIPLINADAMENTE.
En caso contrario, gurruño
seguro (bordes desiguales, nudos y defectos varios a la vista, etc.)
Extrapolando a la vida en
general: cada persona, cada situación,
cada objeto… con quienes construimos un
TEJIDO de relaciones, tiene una especificidad propia, y si queremos que todo
fluya bien no nos queda otra que conocerla y respetarla (como mínimo).
Tenerla
en cuenta y obrar en consecuencia.
Y desde luego,lo que nunca falla, AMARLA.